“Yo no me merezco pasar por esto. Tengo rabia y estoy desesperada porque nadie se hace cargo de esta situación que estamos pasando. El Estado abandonó sus deberes y nos dejó de lado”.

La frase queda en el aire mientras Trinidad agita sus brazos y levanta la voz. Detrás, a un par de metros, su esposo se balancea luchando contra el tiempo y el alzheimer que lo acelera, junto a las secuelas de vivir en una zona destinada al sacrificio ambiental. 

Desde enero,  cinco meses después de la intoxicación masiva que dejó a más de 500 afectados, Trinidad, su esposo  y su nieto sufren una extraña enfermedad en la piel que los especialistas aún no pueden diagnosticar. 

“Cuando llega la noche y me pongo en posición horizontal pasa lo peor, primero me duele, me arde todo el cuerpo y después me pica”, balbucea su marido, de pie, mientras Trinidad repleta la mesa de exámenes y una hoja de cuaderno en la que ha apuntado los más de seis episodios críticos que han tenido a la fecha, junto a todos los medicamentos que les han inyectado.

Estos son los testimonios que quedan al borde del progreso, las vidas detrás de la palabra sacrificio que encontramos en el camino de este segundo día residencia.

“¿Cómo acercarnos? ¿De qué forma mostrar esta realidad?”, nos preguntamos consternados, preocupados de una verdad que lamentablemente deja de impresionarnos ¿Pero de qué otra manera podemos protegernos?… Contando y para eso estamos aquí. Para contar historias y abrir realidades mientras conjugamos luz, color y drama.