Cuando en unos años hablemos del coronavirus probablemente aquello que más recordemos será el confinamiento, ese encierro que nos ha llevado a cuestionar la forma en que habitamos nuestro espacio, nuestra intimidad, nuestros cuerpos y la forma en que nos relacionamos con el resto.

El contexto en el que estamos nos obliga a convivir de frente con la propia existencia y encarar las preguntas que la rutina y la productividad muchas veces nos permiten eximir. “Ya habrá tiempo para pensar en esto”, nos decimos entre la evasión y la supervivencia, pero llegado a este punto no tenemos otra alternativa que enfrentarnos.

Así, el encierro se ha vuelto una prueba tan íntima como colectiva, por un lado nos encontramos con la soledad, las conversaciones con uno/a mismo/a, trabajando el miedo, la ansiedad y la incertidumbre de un futuro donde cada vez tenemos menos certezas de aquello que pueda ocurrir.

Desde otra perspectiva tenemos nuestra comunidad, aprender a compartir, a respetar, poner límites, convirtiéndose en un ejercicio tan trascendental como la soledad, que nos invita a caminar en un equilibrio que está siempre bajo amenaza, cuestión que parece inherente a la existencia de nuestra especie, la humanidad.

Si lo llevamos a la fotografía, hacer fotos dentro de este escenario se vuelve un desafío introspectivo, pues se trata de trabajar con lo que tenemos a mano y en estos momentos hablamos desde nuestro espacio más íntimo.

Lo interesante es que la fotografía siempre reflexiona desde la tensión entre la luz y la oscuridad, convirtiéndose en una metáfora del presente que nos permite observar entre líneas, jugando entre la supervivencia y lo trascendental, como si estuviésemos contrastando constantemente la realidad entre lo superficial y lo profundo, entre lo pragmático y lo sentimental.

Este es un ejercicio más que necesario y sano, pues en estos días y en los que se vienen debemos hacernos cargo de aquello que hemos dejado de lado: la dignidad, porque entendemos que es lo único que finalmente nos permitirá seguir disfrutando del mundo que conocemos hasta hoy, ampliando su belleza a quienes vienen y a quienes no la puedan gozar en la actualidad.

Compartimos estas fotografías para pensar en la vida desde los singulares momentos que nos brinda esta extraña cotidianidad, desde una mirada colectiva y común que expone lo más cercano de nosotres.