Desde los cerros bajaron, de Viña se vinieron y por todos lados llegaron: el puerto despertó, Valparaíso fue el punto de encuentro y más de 100 mil personas, identidades y universos repletaron el plan, un mar de la diversidad, entre diferentes que se hicieron iguales para reclamar lo común, la dignidad y la soberanía de sus vidas.

¿Por qué llegaron hasta aquí? “Porque no nos queda nada, nos quitaron todo: la salud, el trabajo, la educación ¡El derecho de la vida! Si privatizaron hasta el agua”, contestó desde la vereda un caballero, después de preguntar donde se publicaría su retrato, porque en esta marcha todos quisieron su foto, quizás como testimonio o como una declaración de principios, lo cierto es que la imagen se volvió praxis para romper con la homogeneización.

Estamos hablando de millones de fotos e historias, cada una como un punto de vista, un mundo dentro de otro, capaz de esparcirse, traspasando cordilleras y océanos a través de un lenguaje común, una narrativa al alcance de cualquier idioma. Así, la comunicación se democratizó y el monopolio de la información se hizo líquido en este mar de mensajes.

De esta forma la luz se transformó en imagen y cada una de ellas artículo, por primera vez en mucho tiempo, un discurso común, reconstruyendo la red desde las grietas, volviendo a juntar los puntos del telar, para abrigarnos de la soledad y el consumo, de las deudas y la angustia, bajo la decisión autónoma de recuperar el tiempo perdido, consagrando el derecho a disfrutar de esta instancia fugaz, en el aquí y el ahora.