El Viejo Jarocho

Las paredes se pintan estridentes.  Como si gritando que uno está alegre se le pudiera borrar el moho de la piel. 

Las penas se bailan al Son Jarocho, zapateando la madera es que se alejan las inundaciones. De cara a la calle es pura alegría, pero en las esquinas aparecen, sin hablar muy alto, los que todo lo ven pero que no tienen rostro. 

La historia se construye como el pueblo mismo, la fachada es brillante y colorida, igual a lo que nos cuentan los libros de texto: historias de héroes cantores y ríos  abundantes. Pero por dentro todo es diferente; sabemos de qué no se habla, qué lugares no se camina, a quienes no se les pregunta. Sabemos dónde está el dinero que falta. 

El miedo es peor porque se presenta de color fucsia violento, porque cuando todo está en paz por mucho tiempo es que se avecina una terrible tormenta. Seguro trae sangre que luego el río borra, seguro trae miseria que luego con pintura verde se cubre. 

Da igual que el gobernador lleve su cara pintada de payaso de circo, y que con sudor de hombre se limpien las armas. Es la fuerza de la costumbre que nos hace permanecer en nuestra cotidiana calma. Sabemos que con cada derrumbe, igual renaceremos, igual navegaremos el río envueltos en colores nuevos.

El Viejo Jarocho es un ensayo experimental que nace de la experiencia vivida durante el campamento 20 fotógrafos que se realizó en la población de Tlacotalpan México hacia finales del 2016. El campamento es una apuesta a la fotografía latinoamericana que se crea y se piensa desde adentro. 

Tlacotalpan es una pintoresca población de más de 8000 habitantes ubicada en el estado de Veracruz, uno de los más violentos del país, sin embargo, todo lo que en el pueblo se respiraba durante esa semana de noviembre era calma. 

Diego logra ver más allá de los colores, pero se sirve de ellos para construir el relato de un estado de pobladores en espera. En espera de que aparezca el gobernador prófugo, en espera de ataque, en espera de que los niños puedan volver a clase, en espera de que se solucionen problemas de salubridad, en espera de que vuelvan los peces que han huido debido a las aguas contaminadas por la industria, y en espera de que sus desaparecidos vuelvan a casa. 

El campamento es una experiencia poderosa, no solo por lo que significa la convivencia en una comunidad de 70 personas hablando el mismo idioma (fotografía), sino porque permite la libertad de crear, de replantearse la manera en la que construimos  y consumimos relatos. Con el tiempo encima y la presión por contar una historia, uno termina mostrando aunque no quiera las propias tripas; eso muy profundo que nos mueve como individuos a comunicar lo que miramos y cómo lo hacemos, lo que nos hace mas sensibles a ciertos temas sobre los que queremos profundizar. En tan poco tiempo no se puede hacer más que ser terriblemente subjetivo, apenas rasgar una superficie pero volcar mucho de lo que es uno para  poder entender al otro y así es que nacen los vínculos. Vi a Diego enfrentarse en silencio a estos colores y a los hombres sin cabeza que a través de él ahora hablan.  

Textos por Isadora Romero P.

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