Más de 100 inmigrantes (haitianos, dominicanos, colombianos y peruanos), habitan 41 piezas en dos antiguos galpones de la calle San Diego, en el centro de Santiago. Las condiciones insalubres a las que los sometía un abusivo arrendador, colmaron su paciencia. Por una pieza, sin ventana, cobraba entre $140.000 y $340.000. Una historia de dignidad en medio del frío, la humedad, ratones, cucarachas y chinches.

Que haya ratones no es extraño. En estos antiguos galpones de la calle San Diego en Santiago, abundan. Las cucarachas caminando por los rincones tampoco sorprenden, son una plaga ya enquistada en el centro de la capital. Pero que desechos humanos se filtren desde el inodoro e inunden las piezas donde habitan personas, no es digno, ni es humano. Tampoco lo son los chinches que pican el cuerpo de quienes pagan hasta $340.000 (US$536) al mes por un techo donde dormir.

Al interior de los dos galpones, más de cien personas que habitan las 41 piezas construidas con paneles de vulcanita y un cielo falso de plumavit, se entumen en este frío otoño. Soportan el viento helado que se cuela por las precarias y hechizas paredes y el agua que se filtra de las endebles cañerías.

Pero no fue la inclemencia del clima que azotó la capital lo que despertó la ira de los inmigrantes haitianos, dominicanos, colombianos y peruanos. Fue el alto precio que deben pagar por esas  miserables piezas, ya que no tienen los respaldos necesarios para poder acceder al mercado formal del arriendo de vivienda.

Si los tuvieran, por los mismos $340.000 que pagan por las piezas más caras que se subarriendan en esos galpones, podrían habitar un departamento de dos habitaciones en la misma calle San Diego, con cocina y baño individual, agua caliente y cañerías que no se filtran, con techo y paredes sólidas, y con el derecho a una intimidad que hoy les es ajena.

El amo y señor de esos dos galpones oscuros, sin ventanas, es Edgardo Luis Gambini (peruano, 45 años). En ese amplio espacio, levantó con materiales precarios 41 piezas. Desde hace al menos cuatro años regenta un lucrativo negocio: les subarrienda las piezas a inmigrantes indocumentados.

En uno de los galpones, el más grande, se concentran los dominicanos, colombianos y haitianos. A ninguno de sus rincones llega el sol. En el segundo galpón, viven mayoritariamente ciudadanos peruanos. Ellos sí cuentan con un pequeño espacio por donde les llega el sol, pero aparte de ese patio de luz, sus habitaciones están en las mismas condiciones de oscuridad e insalubridad que las de sus vecinos.

Las 100 personas que allí habitan solo cuentan con tres baños para sus necesidades básicas. No hay agua caliente. Los 14 niños que forman parte del grupo, deben bañarse con agua fría, o esperar que sus padres calienten agua en alguna de las numerosas cocinas que están ubicadas en los pasillos, para lavarse por parte.

TANTO VA EL CÁNTARO…

El dueño del negocio (Edgardo Luis Gambini) pasaba puntualmente cada fin de mes golpeando las puertas de cada pieza para cobrar el alquiler. Nunca quiso poner agua caliente en los baños, tampoco quiso reparar las cañerías. Un pequeño baño del segundo piso tiene su piso cubierto de agua. Lo que debiera ser un papelero es ahora un recipiente para contener la fuga de agua desde el lavamanos. La humedad se toca.

Rafael, un colombiano de mediana edad que llegó hace dos años a Chile, señala el agua acumulada y cuenta que cae directo en las piezas del primer piso. Su voz suena alterada. Le cuesta contener la indignación:

-Los principales problemas son la humedad, abajo no hay oxígeno, porque hay puras estufas, más las cocinas, y no hay por dónde salga el aire… La ropa no se le seca a uno. Además, la instalación eléctrica está mala y sobrecargada, y pasa que cuando uno prende un hervidor, se corta la energía en todos lados… aquí hay mucha gente.

Rafael se ha transformado en un líder:

-Una persona que vive aquí me trajo, porque yo no tenía donde vivir. Yo pago $270.000 (US$426)   por una pieza al mes. Esta forma de vivir me parece muy mala, porque sinceramente, cuando uno le pide al señor “arrégleme esto, por favor”, su respuesta es: “No, si quiere múdese”. No se justifica que nosotros estemos pagándole un arriendo tan caro, ¡es que es carísimo! Yo sé que en Chile es caro el arriendo, pero en unas buenas condiciones, no en las que estamos nosotros… Él humilla a la gente, a los haitianos los humilla.

Orchèle, un joven de 20 años, es de los pocos haitianos que habla español. Comparte una habitación con su hermano y un amigo:

-Cuando uno de nosotros le dijo a Gambini “señor, mira la pieza, se está mojando… Mira la condición en que está”, él le dijo que mejor que se vaya. A uno le arrienda en $250.000, pero cuando ese alguien le reclama, él le dice “¡pues váyase!”, porque de inmediato llega otro, pues, y ahora le cobra $260.000.

Los habitantes de esos dos galpones ganan al mes entre $200 y $300 mil (US$315 y US$473). Lo que más reclaman es que a buena parte de ellos, lo que ganan se les va en pagar arriendo.

-Yo gano $300.000 y de arriendo pago $260.000 (US$410). Me quedan $40.000 (US$63) para vivir. Tengo tres hijos y una mujer -dice un haitiano de 32 años que prefiere ocultar su identidad, porque recién está tramitando su residencia.

“¡SE ACABÓ!”

Es el martes 29 de mayo. Hace semanas que las familias que habitan las 41 piezas de los dos galpones decidieron no pagar más el arriendo. Pero ahora ya fue notificado el regente del negocio: el peruano Edgardo Luis Gambini. Rafael y un grupo de dominicanos lideraron la discusión. El manejo del idioma lo explica: los haitianos prácticamente no hablan español, y los peruanos en un inicio solidarizaron con su compatriota.

Nadie pagó el alquiler de mayo. Es una rebelión, pacífica claro, pero no menos cargada de indignación. Apenas CIPER llega al interior de los galpones, varios de los inmigrantes cuentan a coro que Gambini les intentó cortar la luz y el agua. No se lo permitieron. Razones tienen.

En estos días se enteraron que Gambini no era el dueño de los galpones. Y descubrieron que desde hace meses no le paga el arriendo a los dueños legales de la propiedad. Por eso, un nuevo temor se instaló en las precarias habitaciones. Miedo a que los Carabineros los desalojen. Miedo a que todo el dinero que le han pagado a Gambini haya ido a sus bolsillos y se pierda.

Dionisio, un dominicano que llegó a Chile hace más de un año, cuenta que Gambini acosa a las mujeres que se quedan solas cuando los hombres salen a trabajar.

Lo que los inmigrantes que aquí viven no sabían es que Gambini tiene antecedentes de abuso sexual. En 2012, Edgardo Luis Gambini estuvo siete meses preso acusado de violar y embarazar a una niña de 13 años.

“ESTE ES MI NEGOCIO”

Han pasado cinco días. Es el domingo 3 de junio y la decisión sigue en pie. Nadie ha pagado la renta. A las 11:00, Luis, un muchacho dominicano de 24 años que vive junto a su madre, abre la puerta del galpón más oscuro y mientras avanza entre los carros de sopaipillas que se acumulan en medio de los cordeles con ropa secándose, cuenta que hace tres meses tuvo que apagar un amago de incendio en el galpón de al lado. Una chispa de una máquina soldadora que utilizaba Gambini, saltó y cayó sobre la madera que el ciudadano peruano tenía acumulada para construir seis nuevas piezas para arriendo.

En un recinto cerrado con 41 piezas pegadas una al lado de la otra, una chispa puede ser fatal. No fue esa la única alerta roja que han enfrentado. Hace un mes estuvieron en la cornisa de la tragedia cuando se inflamó una cocina a las tres de la madrugada. Por suerte, hubo quienes se despertaron a tiempo y evitaron que todo se transformara en cenizas. Hoy no hay peligro de llamas. Los niños juegan en el pasillo y los adultos conversan.

Edgardo Luis Gambini también vive aquí, en la pieza más sólida del segundo piso y con ventanas por donde entra la luz. Pero los últimos días no ha asomado la nariz fuera de su habitación. Tiene miedo, sabe que sus inquilinos están alzados. Pero hoy el murmullo lo inquieta. Sale al pasillo, mirada en alto. Y accede a hablar con CIPER.

-Esta gente tiene la osadía de tomarse la casa. Esta es una propiedad de la compañía Alihué. Ellos me la arriendan a mí hace cuatro años. Yo hice la construcción de las piezas…, esta gente se toma la propiedad, tienen la sinvergüenzura de no querer pagar. Se gasta luz y agua… Yo entregué la propiedad hace dos semanas a sus dueños… Ellos iniciaron un proceso legal.

A medida que Gambini habla, algunos de sus subarrendatarios nos van rodeando. Lo interrumpen. En pocos minutos se inicia una verdadera asamblea. Le reclaman en varios acentos distintos. Gambini apunta a Rafael:

-Señor, usted ¡cállese!, porque usted va a entrar en un proceso legal.

Gambini le quita los ojos de encima al ciudadano colombiano y vuelve a hablar con CIPER:

-Le entregué la propiedad a los dueños. Ellos ahora ya tienen una acción legal. Están en ese proceso. Porque no es un asunto de hoy para mañana. Cuando ya la policía venga aquí a tomarles los datos…

Gambini amenaza. Sabe que la mayoría de sus subarrendatarios no tienen residencia legal en Chile. Tampoco trabajo legal. Y que, por eso mismo, lo que más temen es la llegada de la policía. Pero esta vez, pueden más los ratones, el frío y el viento que se cuela por doquier. Y lo interpelan: le dicen que también es ilegal que él subarriende piezas y a precios de usura.

-Independiente de cómo sean las cosas, ¡este es mi negocio! Sea legal o ilegal. Acá en Chile la demanda de inmigrantes es lo que provoca esto. Precisamente, por todo esto, es que el dueño de esto me autorizó. Yo tengo una autorización. Un contrato firmado –vocifera Gambini.

Efectivamente Luis Edgardo Gambini no es el dueño de los dos galpones. Es la Inmobiliaria e Inversiones King Dom, de propiedad de los empresarios chinos Liang Wen-Hsing, Liang Tsao-Chin y Liang Cheng Yuan. Ambos inmuebles están avaluados en $266,7 millones. La sociedad tiene otras 11 propiedades en Santiago, todas ellas avaluadas en más de $8,2 mil millones (avalúo fiscal).

Gambini no muestra ningún contrato ni documento legal que respalde el permiso que dice tener de los empresarios chinos para subarrendar. Y ante el requerimiento insistente de CIPER, alterado, finalmente afirma que paga 120 UF mensuales ($3,2 millones), por el arriendo y que recauda poco más de $4 millones cada mes por el subarriendo de las piezas.

Los números no calzan. La indagación de CIPER arrojó que las 41 piezas están arrendadas a un precio mensual que varía entre $140.000 y $340.000. Por ende, Gambini podría recaudar unos $9,6 millones al mes.

Aquí, a la persona que no está de acuerdo yo siempre le he dicho, amablemente, “busque otro lado”. Mire, tres casas más allá, hay otro cité, peor que esto, en peores condiciones que esto, entonces, ¿por qué no se la toman? Porque los dueños de ese cité son chilenos. Y el chileno va a posicionarse bien y va a plantarse bien con sus autoridades. Y si no le pagan, a estos los van a echar de una manera muy mala. Pero aquí se han valido de la buena voluntad mía… Eso es. Escúchenme señores, no sean porfiados, no entiendan mal. El contrato terminaba en agosto, pero yo entregué la propiedad… Ahora el dueño debe venir a tomar los datos de todos ustedes, porque esta es una toma ilícita –vocifera nuevamente Gamibini.

Los subarrendatarios también gritan. Gambini hace callar violentamente a uno y este lo golpea. Los niños que observan abren más los ojos y callan. De otras habitaciones sale más gente. Al medio del pasillo del segundo piso, Gambini se ve rodeado. Irrumpe una voz que impone la calma y Gambini se encierra en su habitación.

A las 17:00 de ese mismo domingo 3 de junio, los habitantes de los oscuros galpones de San Diego observan atónitos cómo Gambini, cargando bultos y maletas, sube a un camión y desaparece. Cuando entran a su habitación, allí no ha quedado nada.

ANDAN “JEFIANDO”

-Yo lo iba a enfrentar. Le dije “yo me quedo con esa pieza, porque a mí los chinches me tienen loca”. Así estoy, todo el cuerpo –cuenta Marianni, mientras muestra los brazos con picaduras.

Esta dominicana ingresó a Chile junto a Dionisio, su marido hace 14 años, por un paso ilegal del norte. Dice que entraron por “el hoyo”, en referencia al viaje de siete horas que debieron hacer por el desierto, en medio de la absoluta oscuridad.

Marianni y Dionisio ocuparon la pieza que dejó Gambini cuando huyó del conventillo. Con una voz que denota su alegría, Marianni muestra con su cuerpo como desafiaba a Gambini: se ríe, abre los brazos, arquea las piernas y avanza con la cadera hacia adelante.

-Yo voy a invertir en mejorar mi pieza. Si voy a quedarme tres meses más aquí, voy a estar cómoda –dice Marianni al tiempo que suelta una carcajada.

Su marido, Dionisio, toma el curso del relato: “Nosotros queremos poner calefón, y queremos que venga el dueño para pagarle a él el arriendo. Aquí casi todos trabajamos: en la construcción, haciendo aseo, hay carniceros y también vendedores ambulantes. En este país hay trabajo y hay dinero para el que quiera trabajar”.

El matrimonio se levanta todos los días a las 4:15. Media hora más tarde, ambos salen tirando su carro de sopaipillas a vender en una esquina de Avenida Matta. Vuelven a su pieza a las 10:30, dejan allí su carro y parten al mercado de Franklin a comprar suministros para hacer la masa. A las 17:00 vuelven a salir con el carro a vender su mercadería recién hecha. La jornada recién termina avanzada la noche, a las 22:30.

Tras la abrupta partida de Gambini, Dionisio y Marianni han asumido el liderazgo del galpón donde habitan sus compatriotas junto a colombianos y haitianos.

Los vecinos reconocen que ya han surgido problemas. No todos vieron con buenos ojos que el matrimonio dominicano se tomara la pieza más grande que ocupaba Gambini. “El primer día de la revolución que le hicimos (a Gambini) aparecieron todos jefiando”, dice a CIPER, Dionisio.

El domingo 10 de junio, cuando CIPER llega hasta el primer galpón, se ve a todos sus habitantes compartiendo la tarea de limpiar el espacio con escobas y lavaza. El que no participa debe pagar una multa.

-Aquí ya no hay más jefe. Hay que hacer un comité -dice Marianni.

En el segundo galpón, sus vecinos peruanos no entienden por qué Gambini, su compatriota, se fue sin decirles nada. Hace días que entre ellos se ha instalado la disputa entre el apoyo y el descrédito, pero igual todos se sienten estafados.

-Nosotros solo queremos estar tranquilos. Hasta antes de mayo siempre pagamos el arriendo. Nos gusta cumplir, pero cuando las cosas están claras –dice a CIPER una mujer peruana que lleva una guagua en brazos y a otra pequeña de cuatro años aferrada a su mano.

En el galpón que habitan mayoritariamente peruanos, también se palpan miedos. No saben qué va a pasar con la deuda que dejó Gambini con los empresarios chinos. Y todos ellos desconfían de sus vecinos, los dominicanos, colombianos y haitianos que habitan el galpón contiguo. Les dicen “los morenos”, y apuntan a ellos por la pérdida de una alfombra.

La alegría inicial por la huida de Gambini, ha sido rápidamente reemplazada por una pesada incertidumbre. Pueden seguir viviendo en sus piezas, pero los graves problemas que los acechan se mantienen igual o peor.

El agua se sigue filtrando de las cañerías y el viento colándose por las rendijas de los tabiques de vulcanita. Aunque algunos ya tomaron martillos y clavos y comenzaron precarias reparaciones. Ya no hay alquiler que pagar y el presupuesto mensual está más holgado. Las cucarachas y los ratones tampoco se han ido.

Marianni se lo toma con humor: “Los ratones son aquí más grandes que los gatos. Esos no son ratones, son personas”.

Este artículo fue publicado originalmente en colaboración con el medio Ciper Chile

Fotografías: Jorge Vargas / Texto: Nicolás Sepúlveda (CIPER).