Se acaba la semana y “normalmente” sabemos que el lunes será difícil. En la normalidad también sabemos que la gente va estar estresada, con cuerpos desgarbados y miradas empantalladas, saturando el transporte público, que según las estadísticas nos quita 20 días de el año.

Ahora, tras días de movilización, cuando el lunes llegó sabíamos que el 7,2% de la gente no ha conseguido trabajo, y tantos otros solo tienen un empleo precario o informal. En este nuevo lunes nos molesta que nuestro sueldo mínimo no alcanza ni el 5% de lo que ganan nuestros parlamentarios y sabemos mucho mejor qué cosas no nos gustan y de las que nos han intentado culpar.

Ayer no fue un lunes normal porque de tanto echarnos la culpa, la culpa de quemarlo todo se empieza a ir y se vuelven inmensas las ganas de llegar a La Moneda y gritar por los que no tendrán más semanas, gritarles a nuestras “autoridades de turno”, que su mal gobierno hace más difícil nuestros lunes y nuestros martes y miércoles.

Hasta que vivir valga la pena es un llamado a la dignidad que no se va a callar porque termina una semana. Desde ahora la antigua normalidad no volverá más, la barricadas y edificios quemados se irán apagando, en cambio nuestro deseo de transformación seguirá intacto, el cielo se irá limpiando del humo, pero en sus manos la sangre quedará.

Fotos: Diego Figueroa, Alfonso González, Eric Allende; Juan Hoppe y Jorge Vargas | Migrar Photo

Texto: Juan Hoppe | Migrar Photo