A los 97 años, la memoria a corto plazo de mi abuela está decayendo pero los recuerdos parecen intactos. Hace algunos meses nos sentamos a charlar de esa vida de gran pez, llena de dudas y aventuras. Quise entrar a su vida fuera del rol de esposa y madre que tanto la autodefinió después. Anita habló y la grabé. Imaginé cada uno de esos escenarios y quise no perderlos, para ayudarla a llegar más rápido cada vez que la consumiera la tristeza. Anita joven, estudiante y viajera. Alegre. Anita exploradora de risas y amiga, muy amiga.

En cuarentena llegué a su casa, hoy deshabitada. Abrí cajones, cuadernos y cajitas como tesoros. Encontré parte de ese relato anterior, en negativos y fotos dedicadas. Fue casualidad, en todo caso. Me topé con sobres de kodak, boletas de revelado en tiendas de la calle Esmeralda. Ella nunca mencionó tener esto guardado. Su vida, sus amigas, sus paseos, sus risas. ¿Sabrá que sobrevivieron? 

Tengo muchas preguntas mientras soy pasajera de este viaje bien adentro con mis ancestras. Comparo, intento comprender el devenir, los paralelos de tantas vidas en complicidad. 

Hay pistas:

Anita en 1936 guardó las fotos de sus amigas y en sus reversos prometieron nunca olvidar.

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