Dignidad. El pueblo sintió el llamado y se manifestó. 

A una semana del comienzo de la movilización más grande de nuestra historia democrática, con dos anuncios presidenciales en el camino y las jornadas más violentas de los últimos 30 años, nada impidió que el pueblo se movilizara, porque fue el pueblo, reconociéndose como tal, el que copó de punta a punta, rincón a rincón, el centro neurálgico de la ciudad.

Desde el norte, el sur, el oriente y el poniente, los ríos de gente bajaron a pie sorteando la falta de transporte, en el camino se fueron mezclando vecinos de Renca, Recoleta, La Pintana, Puente Alto, Maipú, Providencia, la Reina e incluso Las Condes. También llegaron desde la periferia: Buin, Melipilla, Talagante, Paine y Colina, entre otras, dijeron presente.

Las cifras oficiales fijaron la convocatoria en 1.200.000 personas, pero en el lugar se sentía como si estuviese todo Santiago. Al menos uno de cada cinco capitalinos se volcaron a las calles, mientras el resto seguía atentamente la transmisión televisiva, donde periodistas y políticos del statu quo intentaban sin éxito entender el fenómeno.

En las avenidas y parques que rodean Baquedano se vivió al interior de una caldera. Cada esquina tenía su propia fiesta, batucadas, barras bravas, hippies, zorrones, hipster y sobre todo pobladores se manifestaron como cada uno mejor lo sintió. La Garra Blanca, Los Cruzados y Los de Abajo se encargaron de la mística, bombos, fuegos artificiales y cánticos hicieron saltar a toda la plaza, mientras una decena de volantines adornaban el cielo rescatando las raíces de nuestra identidad. Una fiesta popular sin lugar a dudas. 

Cada encuentro se festejaba como una catarsis de abrazos y cariños, como si fuese año nuevo o Chile hubiese ganado otra Copa América. Fue un día familiar, transversal, un golpe de unidad en el momento en que el gobierno esperaba que la movilización se desinflara.

Las horas pasaban y la gente siguió llegando mientras las familias lentamente abandonaban el lugar en una nueva peregrinación hacia sus casas, pero nada logró hacer retroceder la alegría, ni siquiera los saqueos, y los enfrentamientos con las Fuerzas Especiales, porque militares casi no se vieron, al menos hasta la hora del toque de queda. 

Así la noche cayó junto a la restricción de movimiento, pero en el millar de almas que llegó hasta algún punto de la marcha, la libertad se sintió a través de un grito en común: terminar con los abusos porque Chile despertó.

Fotos: Diego Figueroa, Alfonso González, Catalina Juger, Eric Allende y Jorge Vargas | Migrar Photo

Texto: Pedro Pablo Ramírez | Migrar Photo